martes, 24 de agosto de 2010

El pesado de la comida

Con el amor que una uña le tiene a su dedo, me decido a escribir estas líneas, y a través de ellas, intentaré llegar a tu corazón de alcaucil:

Si supieras, mi algodincito de azúcar, vos que me conociste firme como un fideo crudo, cómo me he cocinado en este agua de tiempo que rompió hervor ya hace mucho, y me ha dejado sin forma, esperándote, cucharita de madera, mientras indiferente, revolvés otros asuntos.
Un pionono que ya no puede abrazar más que a tu relleno, se agrieta entre dulce de leches falsos, que no hacen más que engañar a mi seca esencia, humedeciéndola antes, con un poco de almíbar.
Si me dejaras, mi costillita de cerdo, probar tu tierna carne una vez más, en vez de atragantarme siempre con los huesos de la distancia.
Soy esa cebolla cruda, que no hace más que llorar por adentro, porque sabe no puede rehogase en tu aceite, y dar sabor.
Los tomates están agrios y sin jugo, mi lemon pie con patas, no hacen más que escupirme las semillas en la cara cuando los corto para hacerme una ensalada.
La gelatina no se mueve, hasta llegar en cuchara hasta la altura de mi boca, donde con saltos ornamentales se tira al piso, y yo estoy seguro que es para suicidarse.
Mi tecito de hierbas, nadie entiende este suplicio con gusto a caramelo quemado que me aqueja todas las noches antes de dormir.
Es el frío de media res colgada en el frigorífico, esperando ser cortada y envasada al vacío, lo que se dibuja en mi cama cuando estiro el brazo, y sólo toco almohada.

Oh, mi María Clara batida a nieve, mi latita de arvejas en el congelador.
Sólo te pido que me pases un libro con recetas, para vivir sin tu amor.

Juan José Empalagoso.

1 comentario:

  1. Rastreen a los Les Luthiers. Si falta uno, ya sabemos quién se lo tragó.

    ResponderEliminar