viernes, 29 de julio de 2011

Santo sobre ruedas

Y tanto que habíamos hablado de religión esa noche que Flor se confesó catequista, que surgió el creer en Dios o no, viví la aparición divina del Santo San Martín.

Después de esperar un rato el 166, ensayando en la cabeza los improvisados pasos a seguir para viajar en metrobus, fijándome reiteradas veces en los carteles el recorrido y buscando que diga Haedo, llegó el susodicho.
Por supuesto, le pregunté al chofer si realmente este era el que iba hasta allí. El buen hombre me contestó y con su respuesta eliminó mi duda, y también mi esperanza certera de llegar a destino por ese medio, el cual era el único que tenía provisto hasta el momento.

-No. Acá no para el de Haedo.
(Ah, joya. Cómo mierda hago para llegar a la otra parada ¡ni siquiera sé dónde es! ¡Mierda, mierda!)
-Igual el primero sale a las 5 y media.
(…)
-Ah, listo. Gracias.

Fue un diálogo devastador.

Mi corazón latía al ritmo de: qué regalada estás, qué regalada estás. Empecé a caminar unos pasitos indecisos, leía carteles...
-Sí, ya sé que estoy en Santa Fe y Juan B. Justo... ¿Qué hago, llamo a casa? Le tendría que haber dicho a Nicole que me espere. ¿Estará muy lej...

Y en eso, levanto la cabeza y miro sorprendida:
-¡Qué orto!
Como un arma de doble filo se deslizaba por las vías montadas sobre el puente Pacífico a las 4:05 de la mañana, aquel que podía ser mi boleto a casa, o a una mala experiencia.
El San Martín.

Decidida, fui tras él.
Ahí comenzó la escena de película de acción que me tenía a mí como protagonista, cruzando las dos avenidas corriendo, con un camión que me hacía luces, el semáforo en verde, buscando el huequito para pasar ilesa pero rápido.
Mientras se escuchaba el ruido del tren que estaba llegando, adentro de la estación retumbaba, se hacía más fuerte y yo no sabía si estaba frenando o avanzando, las escaleras que se hacían larguísimas.
La boletería cerrada. Bien.
Dale, dale que llegás.
Y llegué.

Salimos de Palermo, y aviso en mi casa, para que en media hora estén en Palomar.

Entonces ahí empezó el suspenso.
Primero el vagón iba vacío excepto por un muchacho que viajaba entredormido. Después en las sucesivas estaciones se terminó de formar el elenco que quedó estable al menos hasta que me bajé.
Comprendido por este hombre, otro chico vestido de River, a quien le llegaban mensajes de texto anunciados por una canción de cumbia que nunca pasaba los 2 o 3 segundos, acompañado por otro hombre que llevaba una bolsa chiquita, que era como las de papa, con ese entrelazado que tiene el mimbre, pero de un material artificial. La cargaba en el regazo. Cada tanto se hablaba con el chico.
No sé en que momento subió el otro, que era un señor un tanto mayor, un poco desalineado que a juzgar por su equipaje compuesto por un estuche de guitarra, mas un amplificador en carrito, se ganaba la vida tocando.

Yo viajaba medio tensa, tratando de convencerme de que estaba todo bien, que cada uno estaba en la suya y ya.
Así que por momentos hasta logré disfrutar del viaje.

Al final no era tan grave viajar en tren a la madrugada.

Igual tampoco es cuestión de estar tentando al destino, vio.

1 comentario:

  1. vivi la aparición en vida del santo de San Martin!!!!fuahh, ja,ja
    muy bueno!!!

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